jueves, 19 de abril de 2012
CAMBIO EN LAS CLASES DE ESTE VIERNES 20
miércoles, 18 de abril de 2012
FE Y CONEXIÓN
Un saludo a todos de todo corazón.
Me gustaría hacer patente uno de los beneficiosos estados mentales que podemos disfrutar y muchos de nosotros hemos olvidado.
Ya sea porque la vida nos ha maltratado o porque simplemente no hemos sido educados de esta manera, se nos escapa el sentir la Fe espiritual.
Y se me ocurre llamarlo Fe espiritual, y tengo mucho cuidado de no darle tinte religioso alguno, porque, como pronto el lector comprenderá, se trata de algo universal al alcance de todos.
Por supuesto no me refiero a la falsa Fe de alguna religión que viene a decir: “Mira, esto no es demostrable, pero es Verdad. La tradición así lo dice, así que tienes que creerlo (a la fuerza)”.
No es éste el tipo de Fe del que pretendo escribir esta fresca mañana. Nada más lejos de mi intención.
Me gustaría aproximarle, si me lo permite, a la Fe que nace cuando experimentamos la conexión con el todo.
La mayoría de la gente asocia espiritualidad o religión a algún tipo de creencia ligada a la falsa Fe. Cuando alguien se le acerca y le informa de que pertenece a esta o aquella religión, o practica una forma de técnica espiritual, automáticamente se nos viene a la cabeza: “¿Y éste en qué cree?” “Estos son los que creen que el mundo es… que vendrá fulano y les salvará…”, ¿verdad?
Asociamos religión o espiritualidad a una creencia.
En realidad si examinamos etimológicamente el término religión (del verbo latino religare), viene a decir “volver a conectar”. ¿Con qué? Con la realidad. Aunque usted después llamará a esa realidad “dios”, “energía”, “ser”, “naturaleza búdica”, “mente clara”, “atman”, o de la manera que su cultura le haya enseñado a llamarlo.
Pero como he dicho antes, lo hará por creencia, por tradición o por obligación, no porque en verdad haya entrado en contacto con aquello.
¿Y cómo podemos “conectar”?
Es la pregunta del millón.
Pero si me permite ser un poco juguetón, que no evasivo, le voy a plantear ejemplos de situaciones de su vida que es posible que haya podido sentir la “conexión”.
Los niños tienen una capacidad muy superior a la de los adultos a la hora de conectar. Ésta es una buena pista.
Piense en alguna vez que haya admirado un bello paisaje. En ese momento de hermosura sucedió algo mágico. La mente, su mente cotidiana y farfullera, se detuvo. Es como si la distancia entre usted y lo que veía, oía, experimentaba, hubiese desaparecido. Cuando la mente se calla, los pensamientos obsesivos sobre su pasado o su futuro desparecen. Todo su ser se dedica a la contemplación (en el ejemplo del paisaje). Se siente ligero, ilusionado, lleno de energía.
Estaba usted conectado.
Y en ese momento no existía un ambiente religioso en particular a su alrededor. Sólo un paisaje natural, el sonido del mar, la cascada de un río, o el viento susurrándole entre las hojas de los árboles. Es cierto que esta experiencia también puede ocurrir en momentos de exaltación religiosa, pero creo que es mucho más importante que sepa que antes que nada es una experiencia natural.
También le ha podido suceder al practicar un deporte extenuante, ante la mirada de un bebé, o al observar cómo juegan un par de gatitos.
La conexión con el todo ocurre durante nuestra existencia de forma natural y espontánea. Forma parte del proceso de nuestra vida, y, como toda experiencia, puede ser fomentada y practicada.
No es que tengamos que hacer “algo” para sentirla. Más bien sucede cuando dejamos de tener la mente obsesiva dando vueltas y vueltas a nuestros problemas. Así que no es un proceso de hacer, sino de permitir. ¿Entiende?
Una vez que sabe, a través de su experiencia, como se siente el conectar con el todo, también entiende de primera mano la poderosa Fe espiritual que ha generado.
Ahora comprende.
Si quiere una práctica, o una receta mágica que pueda ayudarle, voy a proponerle un ejercicio sencillo.
Recuerde que yo no puedo enseñarle el camino. Ni se me ocurre, porque eso no es posible. Pero me atrevo, con su permiso, a señalarle de manera indirecta por dónde va el sendero.
Levántese muy temprano por la mañana. Muy temprano quiere decir a eso de las tres o las cuatro de la madrugada (nadie ha dicho que esto iba a ser fácil). Salga al balcón de su casa (si eso es posible) o incluso, si su ciudad no es peligrosa, camine por su barrio. Disfrute de las sensaciones que le ofrece la ciudad que duerme.
Escuche el sonido del silencio. Sí, sí, he escrito bien. Escuche el sonido del silencio. Disfrute de la belleza a su alrededor.
Es posible que ocurra.
Gracias a todos por estar ahí fuera conectando a través de la pantalla de su computadora.

martes, 17 de abril de 2012
HUMILDAD
Un saludo a todos de todo corazón.
Se me ha pedido una reflexión sobre la humildad, y me gustaría enfocarla respondiendo a la pregunta: ¿por qué una persona actuaría humildemente?
Lo primero que me viene a la mente son aquellas personas que utilizan la humildad como un refuerzo de su ego. Son humildades falsas que hay que descartar inmediatamente. Se hace lo que se hace con un objetivo, que es el ser valorado en la acción.
Es, por poner un ejemplo sencillo, quitarse un traje para ponerse otro, cuando lo que habría que hacer es ir desnudo.
El humilde falso busca el reconocimiento de los demás a través de su humildad, a través de su sufrimiento. Por desgracia en las templos budistas siempre hay una persona así, que pretende utilizar su actitud como ejemplo ante los demás. “Yo estoy más tiempo sentado en zazen” “Mis asanas son más dolorosas y permanentes que las de cualquier otro” “Yo soy el que hago el mayor sacrificio” Es una forma de obtener poder ante los otros, de que se les valore para que luego su opinión, sus juicios de valor, sean doblemente escuchados y tenidos en cuenta.
Es evidente que no hay que irse a un templo budista para encontrar actitudes como ésta, y en nuestro medio, eminentemente católico, encontramos ejemplos muy parecidos de falsa humildad, apego a una liturgia excesiva, y una tremenda facilidad hacia el juicio ajeno.
Así que este tipo de humildad queda descartada, y vuelvo a preguntarme: ¿Por qué una persona actuaría humildemente?
Una persona humilde, verdaderamente humilde, tiene que ser alguien muy sabio. Debe de haber aprendido secretos importantísimos sobre el funcionamiento de la vida. De hecho sabiduría y humildad suelen ir siempre de la mano.
No puede ser de otra forma. Allá donde usted encuentre soberbia significa que existe a su disposición todo un tesoro en ignorancia.
Cualquier vía espiritual que se precie de serlo debería llevarle directamente ahí, a la humildad verdadera. El Budismo es una de esos caminos abiertos a la sabiduría.
¿Y qué tipo de sabiduría es ésa? ¿Cómo podemos obtenerla?
Una persona sabia no es humilde porque lo dicta una ley milenaria, porque lo haya ordenado una divinidad, o porque sea lo más conveniente a nivel ético y moral. La humildad nace de su cordura y coherencia más absoluta al saber cómo funcionan las cosas.
La persona sabia realiza que las personas no somos entidades independientes, más bien todo lo contrario. Somos sistemas abiertos y dependientes de multitud de factores. La falta de cualquiera de estas piezas llevaría de inmediato al colapso del sistema, o dicho más sencillamente a la muerte.
Además el sabio comprende que no somos inmortales. La impermanencia existe en todos y en todo. Nos une como un lazo común, por lo que experimenta sus deseos y apegos de forma mucho más realista. Sabe que el tiempo es inexorable e indeterminado, así que no malgasta su aliento en iras, enfados, intrigas, críticas o juicios chismosos e infundados.
Tiene una tendencia natural a la gratitud universal. Si usted, querido lector, pretende aumentar un poco la verdadera humildad en su vida cotidiana, debería comenzar por este punto. En todo momento y en todo lugar siéntase agradecido por los dones de que disfruta. Lo normal es que esté habituado a fijar la atención en aquello que le falta… ¡grave error!
Fijarse en lo que le falta solo puede llevarle a situaciones de dolor espiritual, deseos no realizados, e incluso imposibles, y estados mentales muy negativos como al ira o la depresión.
Levántese por la mañana, un momento del día excelente para comenzar su práctica, y agradezca cada cosa en donde se posen sus ojos: su cuerpo por su belleza y la salud de la que disfruta (aunque no sea completa). Su habitación por ser confortable y abrigarle durante las noches heladas. Si tiene pareja agradezca su compañía, su amistad y su amor.
¿Hace falta que siga o ya sabe lo que hay que hacer?
La gratitud nos ofrece una buena perspectiva para fundamentar una verdadera humildad.
La gratitud también pasa por nuestros logros. Pongamos el ejemplo de la profesión. Podría creerme una persona muy importante si mi profesión fuese socialmente reconocida, y económicamente muy bien remunerada. Pero la persona sabia, y por ende agradecida, con rapidez reconocería el papel de sus padres y maestros que le dieron las facultades y enseñanzas para el ejercicio de su carrera. No se sentirían los hacedores de sus logros. Dicho de otra manera, no se sentirían merecedores de mérito por sus hazañas profesionales. Más bien sentirían que sus logros suceden a través de ellos siguiendo un largo camino de personas en las que se incluyen padres, maestros y ellos mismos.
Como si el universo entero conspirase para que cada acto sucediese en un determinado momento.
Es una sabiduría llena de hermosura y frescor. Agradecer con humildad, llenarse de sabiduría y dejar que el universo nazca a través nuestro. Mentiría si dijese que no me siento muy emocionado.
Y agradecido.
Gracias a todos por estar ahí fuera. Gracias, gracias y gracias.

lunes, 16 de abril de 2012
MATICES
Un saludo a todos de todo corazón.
Esta mañana me he levantado pensando en lo hermoso que es recibir una sonrisa sincera. Muchas veces no se necesita nada más. Una sonrisa, una mirada, un gesto…
Llevamos demasiado tiempo anclados al sistema de definiciones de las palabras. Se nos ha perdido el lenguaje del resto del cuerpo, tan rico en matices y significados.
Una persona se habitúa a utilizar su lenguaje oral como único procedimiento a la hora de poder comunicarse con los demás. Es como si, cuando te encuentras con otra persona, necesitas encontrar las palabras adecuadas, decir lo correcto, quedar educadamente bien posicionado utilizando esos instrumentos.
Porque al final, las palabras no son más que meras herramientas.
La mente posee el defecto de conceptualizarlo todo. Hasta el punto de conceptualizar cosas que en verdad no existen físicamente.
Me explico poniendo el ejemplo de la justicia.
¿Qué es la justicia? Seguro que todos nosotros podemos dar alguna respuesta, pero en realidad la justicia no es nada. No existe en la materialidad. Es un concepto, una utopía, una regla, una ley, pero no posee existencia, ¿entiende? No la puede usted mostrar. No me la puede traer ante mis sentidos más allá de una conjetura, de un juego de palabras.
Podemos pelear por ella, matar por ella, pero ese “ella” no llega más lejos que ser una presunción de ideas. De hecho, ese conjunto de conceptos puede variar muchísimo si cambiamos de un marco cultural a otro. Lo que es justo (y legal) en una aldea de África Central no nos lo parece tanto a los europeos. Nos puede parecer incluso todo lo contrario, una barbarie (véase la manía que tienen en algunas de estas aldeas con lo de la ablación de clítoris).
Ese tejemaneje tan extraño es propio y exclusivo de la mente humana: el hacer “castillos en el aire”.
¿Y éste es el método que elegimos para poder comunicarnos con efectividad los unos con los otros? ¿Así, con conjeturas vagas y construcciones inexistentes?
La verdad es que la palabra (procedimiento utilizado por un servidor para comunicarme con usted) es una herramienta útil en un contexto adecuado.
Pero, tal y como he empezado el post, esta mañana me he levantado pensando que una sonrisa sincera es muy hermosa, y que el rostro humano está lleno de matices y significados mucho más ricos que una miríada de elegantes y bien escogidas palabras.
Así que, como ejercicio para hoy, le recomiendo, siempre que me lo permita, que ejerza su sonrisa con otro ser humano por lo menos una vez en el resto del día. Que intente comunicarse con los otros, de ser consecuentemente posible, a través de un gesto, de una mirada. Que haga el esfuerzo de transmitir sus sentimientos con franqueza (porque si no esto no le va a funcionar) a través de otros métodos de lenguaje.
Hagamos de esta manera homenaje a un bello escrito de Tagore que me viene ahora que ni pintado para transmitirle a usted, aunque sea a través de palabras, lo que siento.
Y decía más o menos así: “Me sonríes y me hablas de nada en especial. Pero sólo por esto es por lo que he esperado tanto”.
Gracias a todos por estar ahí fuera (y aunque no puedan verme, sepan que siempre les sonrío).
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domingo, 15 de abril de 2012
ORIGINALIDAD Y FRESCURA
Una de las cosas que hemos olvidado, y es un error muy común que nos pasa a todos, es que para darle color a cualquier sensación que aparece en nuestro sistema nervioso necesitamos de nuestro consentimiento, ya sea consciente o inconscientemente.
Explicado con otras palabras, existe en nosotros un paso, dentro de los procesos de funcionamiento a los que llamamos mente, en el que decidimos (y tome nota bien de esta palabra) darle un juicio de aceptación, negación o simple pasividad a toda sensación que despierta alguno de nuestros receptores corporales.
Vamos a simplificar un poco las cosas y a explicar todo esto con mayor detalle.
Imagine que usted escucha las palabras que una persona le dirige. Imaginemos, y disculpe si el ejemplo es un poco soez, pero esa persona le dice: “Mira que eres un hijo de p***”.
Antes de que reaccionemos, de hecho el propio proceso de reacción, pasa por que esas palabras sean tomadas correctamente por nuestros receptores auditivos (orejas). Luego nuestro cerebro debe descodificar esos sonidos del español (porque quizá si nos lo hubiesen dicho en sanscrito no hubiésemos podido realizar este paso) y comparar el significado con nuestra base de datos (comúnmente llamada memoria). Entonces se provoca un sentimiento. Con otras palabras: nuestro sistema nervioso dispara una serie de sustancias al torrente sanguíneo que nos va a provocar un sentimiento. Éste será de ansiedad, ira, enfado, humor, o lo que sea que se estimula a través de los pasos anteriores.
Y todavía nos falta un escalón más antes de que esas palabras nos induzcan a tomar cualquier tipo de acción. Queda tomar una decisión con todo esto. “¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?”.
Porque si examinamos el ejemplo, es posible que las palabras hayan partido de una persona que no hemos dejado pasar con nuestro vehículo en un paso de peatones, o quizá se trate de un buen amigo al que le acabamos de contar un chiste muy picante.
Son situaciones completamente distintas, ¿verdad?
Lo que hemos olvidado, y así he comenzado este post, es que este momento de decisión se nos pasa por alto la mayoría de las veces.
¿Debido a qué?
Al hábito.
Nos hemos habituado a reaccionar de maneras aprendidas, fijadas de antemano, por la rutina y los convencionalismos sociales. Seguro que ha oído alguna vez: “un hombre/una mujer de bien tiene que hacer esto o lo otro”. O también es frecuente que hayamos copiado las respuestas de un familiar cercano a la hora de acumular esta colección de patrones de reacción, o decisión, de tal manera que ya simplemente procedemos de manera programada.
A mí me parece que éste es el modo en la que actúa una computadora o un robot. Ante tal estímulo tal réplica.
Luego no es de extrañar las opiniones que escucha uno por ahí sobre la vida. Que si “me mata la monotonía”, que si “estoy harto/a de días grises”, o “cada día es siempre lo mismo”.
Al perder nuestra capacidad de decisión, incluso enlazando un poco con el post anterior, hemos perdido la ilusión y la emoción de descubrir la belleza que se oculta a nuestro alrededor, vistiéndola siempre con los mismos trajes, mirando el mundo de las sensaciones con patrones antiguos, desactualizados, dejándonos llevar por la programación en vez del descubrimiento.
Aún en las situaciones más difíciles podemos cambiar el patrón, la manera de reaccionar, y dar una respuesta distinta, actuar con originalidad y frescura.
¿Tan difícil es?
Yo lo tengo claro.
Por cierto, hoy, aunque sea domingo… ¡me toca trabajar!… ¡¡CHÁN, CHÁN!!
Gracias a todos por estar ahí fuera, porque estáis ahí, ¿no? Ji,ji,ji…
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sábado, 14 de abril de 2012
¡CHÁN, CHÁN!
Un saludo a todos de todo corazón.
Ayer por la noche, durante la charla, nos sucedió algo que no puedo catalogar de otra manera distinta a mágico.
Me encantaría aprovechar y contarlo hoy para poder compartir con aquellos de ustedes que no pudieron asistir.
Estábamos hablando de la felicidad y el ego partiendo, en parte, del contenido del post anterior, donde se explicaba que la mente (el ego, el pensamiento y demás) no era más que una función, y que como tal, se podían usar diferentes maneras de ponerla en marcha más beneficiosas que las que estamos acostumbrados (y que tanto pesar “espiritual” nos causa).
Mis hijos de siete y cuatro años se encontraban en la sala jugando. Aunque he de decir que por las cosas que después de las sesiones me cuenta el más mayor, anda a medias entre jugando y escuchando todo lo que en las reuniones se dice y explica.
De repente el más pequeño se acerca a mí con un juguete en la mano. Una especie de cubo de Rubik brillante y luminoso. Me lo enseña y dice (más para sí mismo que para los demás):
- ¡Mira… brilla!... CHÁN CHÁN…
Y con este último sonido hace una especie de música emocionante, como la de los clímax de las películas.
¡CHÁN, CHÁN!
¡Qué hermosa enseñanza nos descubrió de improviso el más pequeño y sabio de los maestros!
Varios adultos intentábamos desenmascarar las causas de la felicidad.
Se intentaba enumerar conceptos, pero había una manera más simple de enseñar la verdad, y era a través de la inocencia y de la ilusión de un niño.
Ahí está el momento presente en estado puro. Sin pasado, sin futuro. Aquí y ahora en pleno disfrutando de la alegría que se siente por estar vivo con las “cosas” que haya a mano. Sin ningún otro artificio.
Cuando un niño le dice a otro: “¿Jugamos?”, suele aparecer una respuesta casi inmediata y emocionante: “¡Vale!”.
Personalmente yo le añadiría: “¡CHÁN, CHÁN!” después, porque suele existir una gran alegría e ilusión en los ojos del niño que va a jugar, ¿verdad?
Muy pronto crecemos y perdemos toda esa magia.
Cuando alguien nos pregunta: “¿Jugamos?”, aparece todo el pasado y el futuro y la respuesta pasa por una serie de filtros que, sin ningún pudor, apagan toda la ilusión, la alegría, y la inocencia del momento.
Respondemos: “¿A qué?”, “¿cuándo?”, “¿con quién?”, “tengo muchas otras cosas que hacer”, “he tenido un día muy duro”, “mañana tendré cosas muy difíciles que afrontar”, etc, etc…
Se nos perdió toda la magia.
Así que decidimos, ayer por la noche, un grupo de treinta y algo personas muy emocionadas e ilusionadas, crear un nuevo MANTRA… ¿Adivinan cuál?
Allí mismo hice una promesa que pienso cumplir sin miramientos. Cuando alguno de los asistentes nos encontremos en la calle, en el trabajo, y todo eso, les haré la pregunta que suelo hacer de forma cotidiana: “¿Qué tal?”, o “¿cómo estás?”
Espero encontrar una respuesta emocionante. Ya no me vale con los típicos: “No va mal”, “ahí ando”, “más o menos”… y todas esas respuestas tibias, grises, y aburridas que dan las personas de mente envejecida y falta de cualquier signo de magia.
Porque de responderme agriamente, se van a encontrar de mi parte con: Primero una sonrisa, y después un tremendo, enorme, y sonoro:
“¡CHÁN, CHÁN!”
Gracias a todos por… “¡CHÁN, CHÁN!”, ji, ji, ji, ji…
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viernes, 13 de abril de 2012
FUNCIONES Y HÁBITOS
Hay que ver la importancia que le damos a ese gran desconocido que es el ego.
La mayoría de nosotros lo interpreta como una “cosa”. Un algo con el que las distintas vías espirituales han estado luchando desde tiempos inmemorables. Es el enemigo, por lo que hay que derrotarle después de una batalla singular. Hay incluso quien le ha dado nombre a semejante enfrentamiento y le llama “El Buen Combate” en según qué círculos.
Para aquellos, pocos espero, que no sepan de lo que hablo, sólo les diré que se trata de una especie de bolsa que se encuentra en la parte de arriba de su barriguita. Todo lo que comemos cae por un tubo (llamado esófago) y se acumula en este reservorio mientras se completa una de sus funciones principales que es la digestión.
Puedo, cuando hay un exceso de estos ácidos del estómago (o cuando se escapan por el esófago hacia arriba), sentir ardores fuertes. Puede dolerme el estómago; parar, mejorar o empeorar el proceso; curar sus defectos, implementar sus beneficios, etc…
Puedo destruir una de las partes físicas implicadas en el proceso. De hecho cuando el cerebro se estropea, el pensamiento también lo hace. Esto es simple y fácil de comprobar, ya que todos hemos conocido, por ejemplo, a una persona que padece Alzheimer, o que ha sufrido una hemorragia cerebral grave.
Es una cuestión de aprendizaje. Explicado de otra manera más precisa, es una cuestión de desaprendizaje de aquello a lo que estamos aostumbrados y de aprendizaje de una manera nueva de trabajar.
Como he escrito más de una vez, dejamos que el cuerpo y la mente funcionen al mismo tiempo enfocadas en la misma cosa.
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jueves, 12 de abril de 2012
REINVENTARSE
La impermanencia se derrama en todo a nuestro alrededor. Llega desde los ejemplos de la naturaleza floral cuando la rosa lozana y fresca de la mañana aparece ajada a primera hora de la tarde. Nos encuentra en el reflejo del espejo cada mañana cuando nos preguntamos: ¿qué me
ha pasado?
Nos golpea durante demasiadas ocasiones durante nuestra vida cuando la muerte se nos cruza de improviso.
Es en este punto concreto cuando muchas personas que deciden un acercamiento a la filosofía del budismo, encuentran un cierto aroma a pesimismo en las palabras del Buda.
Pero nada puede estar más lejos de la realidad.
Es nuestro propio mecanismo mental, o dicho de otra manera, la forma de funcionar nuestro cerebro ante los estímulos externos, el que nos produce la sensación de pérdida ante toda manifestación de impermanencia.
Siempre he pensado que a nuestros hijos se les debía de enseñar, además de los conocimientos actuales ciencio-tecnológicos, algo de realidad.
Porque: ¿qué puede haber más real que explicar desde temprana edad, en vez de los sistemas de ocultación habituales, que nuestro propio cuerpo tiene naturaleza impermanente? La vejez, la enfermedad y la ya citada muerte, son ejemplos de esta naturaleza.
El propio Buda original sufrió “en sus propias carnes” este descubrimiento de forma traumática hasta el punto que le incitó a la búsqueda espiritual cuyos descubrimientos disfrutamos incluso hoy en día, dos mil seiscientos años después.
Simplemente tomar consciencia de esta naturaleza. Procurar no mirar hacia otro lado, no buscar excusas, no intentar disfrazar aquello que no se puede ocultar más, es un magnífico primer paso.
Puede que usted, querido lector, sienta todavía un regusto amargo, un cierto aroma a pesimismo en estas palabras que humildemente le transmito. Pero nada más lejos de la intención de quien le
escribe.
¿Siquiera puede imaginar la cantidad de “peso”que puede quitarse de su espalda con la aceptación de una realidad como ésta?
He conocido personas que han condicionado su vida por los efectos de su propio envejecimiento de forma dramática. Hombres que por su incipiente calvicie han dejado de disfrutar de actividades como la natación, o ejemplos como el de cierta actriz que a determinada edad desapareció de la vida pública completamente porque quiso que su amado público la recordase como la imagen que se proyectaba del celuloide. Más de media vida oculta desde el anonimato por una simple imagen.
Usted tiene la decisión de creer en las cosas de la manera que le apetezca, pero sepa que se trata de su decisión y no de algo que le viene impuesto de fuera.
Así que puede decidir ver las cosas con pesimismo y temor al descubrir la impermanencia que se encuentra en cada átomo del universo.
O quizá pueda decidir disfrutar de cada sensación que la vida nos regala en el momento presente, sin buscar por qué, sin mirar lo que me falta, sin atender a deseos irreales, y poniéndose desde lo más profundo del corazón una prenda sobre la cara que casi nunca sacamos de nuestro ropero interior: la sonrisa.
A esa ejecución que incluye una decisión y una sonrisa es a lo que yo llamo reinventarse. Y no es algo que deba suceder durante apenas un momento.
No, seamos serios de una vez por todas.
Reinventarse es un proceso continuo para utilizar cada segundo de nuestra existencia.
¡Reinvéntese y brille como la luz del sol a principios de la primavera!
¡Necesitamos su luz y calor!
Gracias a todos, estancados o reinventados, por estar siempre ahí fuera.
miércoles, 11 de abril de 2012
BASTA DE IGNORANCIA
Un saludo a todos de todo corazón.
Vivir implica cometer errores. No somos perfectos, y en el recorrer de nuestras existencias a veces tomamos decisiones que creemos buenas para nosotros. Porque todos nuestros actos se basan en la premisa de que optamos por dirigirnos hacia lo bueno y huimos de lo que creemos nos hará daño. Siempre funcionamos de la misma manera.
Y en ese camino de atracción y repulsión, muchas veces tomamos decisiones de las que más adelante descubrimos resultados inesperados, imprevistos o incluso que simplemente no habíamos contado que sucediesen. A posteriori, examinando la situación con cierta perspectiva, solemos descubrir que de alguna extraña manera sufríamos de cierta ceguera y lo que en principio pareciese una buena idea, no lo era tanto. Incluso con aquellos resultados con los que ya contábamos.
Si queremos aceptar el control de nuestra vida, hay que tener en cuenta todo este proceso de ensayo y error, y al mismo tiempo, tenemos que aceptar nuestra responsabilidad durante la toma de decisiones.
Cometer errores es natural.
Pero no debemos olvidar que el vivir es un camino de aprendizaje. Así que intentemos no cometer los mismos errores una y otra vez.
Madurar parte de la base de aceptar la responsabilidad, lo que incluye aceptar los resultados de nuestras acciones, los esperados, los inesperados e imprevistos, tanto los que consideremos positivos como negativos, así como el aprendizaje de la sabiduría.
¿Y en qué consiste esta sabiduría?
En que, tal y como he escrito al inicio del post, nuestras decisiones parten de un movimiento ignorante la mayor parte de las veces, de ir corriendo hacia lo que consideramos bueno, o huir de lo malo o doloroso.
Antes de tomar una decisión importante, es sabio preguntarse:
¿Qué estoy haciendo? ¿Huyo del dolor o me lanzo de cabeza en pos del placer?
Muchas veces tomar conciencia de este proceso nos da la distancia necesaria. No hay justificaciones fuera de nosotros mismos. No hay excusas, como digo sólo ignorancia.
Tú decides.
Gracias a todos, ignorantes y sabios, por estar ahí fuera.
martes, 10 de abril de 2012
CHARLA / COLOQUIO EL PRÓXIMO VIERNES DIA 13